viernes, 27 de junio de 2014

El televisor de los pequeños dictadorcitos

Sorpresa me llevé aquella vez que andaba por el pasillo de un hotel en un centro vacacional. Aunque silenciosos, supe que había niños en varios de los cuartos porque podía escuchar los televisores encendidos en el mismo canal que estaba viendo mi hija minutos antes de que saliera. Era el mismo programa de caricaturas y todos los niños del hotel parecían, o estaban, sincronizados. Se me hizo fácil suponer, ya que mi experiencia era idéntica a la de los demás, que los pequeños dictadorcitos no permitían que sus papás, ni sus abuelos, ni nadie que midiera más de un metro, viera otro canal que no fuera el suyo.
Ocupados, silenciosos, entretenidos, eso era suficiente para que la tele no estuviera apagada o en otro canal preferido por los adultos.
La necesidad de desatender a mi hija cuando tenía que cocinar me fue llevando a mantenerla quieta viendo su programa favorito. Su mirada fija en el televisor me permitió además hacer otras cosas, algunas provechosas y otras netamente inútiles, que no obstante, se descompusieron cuando llegaba el momento en que teníamos que volver a nuestro contexto real apagando la tele. El problema era que se desgañitaba cada vez que eso pasaba. Al principio me pareció que era mejor dejarla encendida; a ella no, sino a su niñera audiovisual, para poder tranquilizarla, pero, como es obvio, esto no hizo más que potenciar lo que ya era preocupante.
Su papá comenzó a estar molesto conmigo por el tamaño del berrinche de nuestra hija, y parecía que yo tenía que encontrar una pronta solución. ¿Ya sabes qué vas a hacer?, me dijo serio una noche. No, no lo sé, pero en lo que descubro cómo, tendré que dejar que llore. Mi respuesta parecía ser la solución. Pero no fue así. Mi hija no podía admitir que estuviera muerta la pantalla estando ahí la tele, y si iba a dejar que llorara hasta que lo comprendiera, el desconsuelo no parecía tener fin. En ese entonces su papá murió y yo tomé una decisión drástica: guardé el aparato en la bodega y cancelé el servicio de televisión por cable.
El problema, increíblemente, se resolvió. Ella apenas había cumplido dos años, así que poco resintió la muerte de su padre y podría decirse que ni siquiera percibió la de su vicio televisivo. Sin embargo, algunas noches parecía incontenible, seguramente por la ausencia de su papá, pero ya no más por el televisor. Actualmente ella ve sus programas favoritos, incluso en una pantalla más grande, y la verdad es que ni siquiera me parece extraño que llore cuando le pido que apague la tele. Pero lo hace y comprende que si me desobedece tiene que ir a su cuarto a reflexionar. No vuelve tan pronto, pero ya tranquila, casi siempre opta por dibujar.

Publicado en: http://www.proyectodiez.mx/2014/06/27/el-televisor-de-los-pequenos-dictadorcitos-opinion-de-edna-rodriguez/42760

viernes, 20 de junio de 2014

"Puto" se internacionaliza de nuevo


Desde que vi un concierto de Molotov donde el público en Rusia coreaba "Puto", entendí que el argot mexicano ya estaba dando la vuelta al mundo. Ni puta idea tiene un niño (o un extranjero) de su significado polivalente, que es precisamente lo que lo hace sonar divertido, ofensivo, inofensivo, exagerado o denigrante, según el caso. Hasta en diminutivo cobra distintas connotaciones dependiendo de la intención y el contexto. Creer que puto se le dice únicamente a un homosexual con la intención de ofenderlo, denigrarlo y discriminarlo, no está del todo equivocado, pues en efecto el mexicano lo puede usar para eso. Pero también puede, por ejemplo, referirse a los cobardes, sean o no homosexuales. Su uso es mucho más basto. Incluso una amiga escribía en su facebook: "Hoy tuve un mal día. Putos todos". ¿Qué significado le darían? O en medio del tráfico, uno a uno, vas esquivando los carros y con tu voz interna les dices "¡quítense, putos!".
Por supuesto, hay que saber cuándo conservar los modales porque ciertamente es parte del lenguaje vulgar y soez. No le vas a decir en su cara "pinche puto" a tu jefe que te acaba de amenazar con correrte de tu puesto. Ni vas a decirle en el salón de clases a tu maestro que tu compañero es un puto por delator. Comúnmente lo usamos entre amigos, aunque también lo llegamos a usar para atacar a alguien que no nos cae bien. Y es curioso, pero lo mismo puede emplearse de una forma ofensiva o inofensiva. Me imagino una pelea de niños donde el más fuerte le grita al otro "eres un puto" (con negritas) y un público viendo la pelea corea repetidamente "puto, puto, puto". La ofensa es clara. En cambio, me imagino un loco en tribuna gritándole enojado al portero contrario ¡Puto!, y la gente de alrededor riendo por la forma como lo dijo. Después, poco a poco, más y más aficionados lo empiezan a gritar divertidos cada vez que el portero saca desde su portería y el grito inofensivo hace reír a todos. Se hace moda y luego se convierte en un coro permanente, que vulgar o no, se oye en todos los estadios, al grado de que hasta los porteros ya saben que fuera de casa es un modo de presión tan inofensivo que ya ni los desconcentra. Es una ola de eeeeh... puuuto (con cursivas), que sale con emoción del país para internacionalizarse, aunque no todos lo aprobemos, justifiquemos o entendamos.



www.proyectodiez.mx/2014/06/20/puto-se-internacionaliza-de-nuevo-opinion/42724



martes, 17 de junio de 2014

Las chicas guapas, las deudas y los calvos

Me gusta que las chicas se maquillen y se vean bonitas, que se vean naturales y sofisticadas a la vez, que no parezca que son otras, sino que son ellas con un toque de distinción. Yo no me arreglo demasiado, pero me gusta verlas. Me gusta cuando portan ropa común y se ven extraordinarias, será por su sonrisa, su seguridad en sí mismas o porque no están viendo quién las supera en apariencia. He visto chicas en las plazas que portan quizás hasta dos mil pesos de los pies a la cabeza, pero solo llevan eso, el signo de dinero; a veces me pregunto si podrían ser felices si prescindieran de esa ropa, si su verdadera seguridad está en sí mismas. Porque ahora pagas más por las cosas y compras tu ego.

Casi no veo los aparadores -me da por ignorarlos- y creo que es porque me choca ver mejor vestida a un maniquí que a mí, me resulta tan irracional. Es como ver un montón de ropa en los ganchos y saber que solo unos cuantos trapos se van a usar. Lo demás tendrá que esperar a que se liquide cuando ya no esté de moda ni sea la temporada para usarse. Mucha ropa se desperdiciará y no habrá razón para donarla porque al fin y al cabo es mercancía. Me siento absurda en Plaza Galerías, porque si no vas a ver cosas entonces qué diablos ves. Sí, claro, la gente. Pero no tengo intención de echar una mirada sociológica. Es más sencillo, no tengo dinero para todo, y si no pienso gastarlo en ropa, zapatos y accesorios, no miro... soy absurda. Yo soy la que está fuera de lugar, y sin embargo, no me gusta ver que mi sobrina apenas ve tiendas, no se puede controlar: tiene que comprar algo. Le llaman consumismo, pero no solo es eso.

Si veo todo lo que hay, y me dijeran que por esta vez me puedo llevar lo que me guste, tomaría esto y aquello, pero por cuánto tiempo podría sostener estos gustos tan finos. Un estatus artificial no es tan fácil de sostener y las deudas de mucha gente se acumulan por esto. Alguna vez me sorprendió cuando subí a la planta alta de una tienda departamental a buscar una prenda y ahí estaban todos los clientes haciendo fila para pagar sus adeudos. El verdadero giro de esa tienda era el de un banco. No podían salir de la fila interminable, porque al día siguiente los intereses serían más altos. Y tampoco parece que la gente pueda, de buenas a primeras, dejar de parecer lo que no tiene. Es como comprar pelucas: no puedes mostrarles a todos que en realidad eres calvo y que lo que tenías ayer no era tu cabello natural. Al menos que te deje de importar y que lo importante lo encuentres en otro lugar (dentro de ti).

domingo, 15 de junio de 2014

El fut, el deporte y los niños de hoy

Cuando tenía ocho años empecé a jugar fútbol con otros niños más o menos de mi edad que sabían hacerlo mejor que yo, era divertido aunque solo por casualidad me llegara la pelota y me costara mandar un pase a mi equipo o meter un gol; si alguna vez lo hice no logro recordarlo.
Por lo regular, era yo la única niña en el partido y los chicos no parecían molestarse de que jugara, salvo los que se lo tomaban muy en serio y se enojaban de que desperdiciara los pases, pero eso era más bien raro porque no pasaba de risas, de que siguiéramos sin reproches o de que nadie me pasara el balón salvo por accidente. Jugar fut, como sea, era mucho mejor que echar porras. Con los años las cosas no cambiaron tanto, pues nunca destaqué en el deporte.
Probé el volibol, el beisbol, el fútbol americano, el frontón, el basquetbol, hasta el ajedrez, todo me gustaba un tiempo pero uno por uno los fui dejando porque no era para ellos ni ellos para mí. Quizás el básquet fue lo que más me gustó, pero no el juego en sí, sino anotar canastas de tres puntos. Era buena encestando, solo que en lo demás era bastante débil, no podía esquivar, ni robar el balón. A lo mejor por eso se me ha quedado a la fecha tirar basura o pañales desechables desde lejos.
En aquellos tiempos, las modas que se presentaban en la tv llegaban a los condominios donde viví: si estaba el Mundial, jugábamos todas las tardes fútbol; si estaba de moda el yoyo, el yoyo; luego fue el trompo, la bici… Los patines ni la patineta pegaron porque la mayoría de nosotros no tenía.
Cuando eran las Olimpiadas me acuerdo que los vecinos nos inventábamos las nuestras; cada quien escogía un país y lo representaba en salto de longitud, ciclismo, atletismo, lanzamiento (de piedra, claro) y cosas así. Teníamos el detalle de obsequiar monedas de chocolate que representaban las medallas del primero, segundo y tercer lugar.
Mucho significó para mí aprender a andar en bicicleta. Tuve una que me duró toda la infancia y parte de mi adolescencia, era una Bimex gris con tonos plateados y rosas muy bonita. Muchas veces me caí intentando dar saltos, soltando el volante, bajando las banquetas, o compitiendo al rebasar la velocidad que realmente podía controlar. No, no fui ciclista, pero si había algo comparable a columpiarme, era dar vueltas sola en mi bici. Son las mejores sensaciones que recuerdo cuando niña. En el fondo de mi corazón, deseo que cuando mis hijos crezcan haya niños con quién jugar, en lugares seguros, y que no tengan que quedarse en casa viendo tv o jugando videojuegos. Que se diviertan y sean niños saludables, eso quiero para ellos, para la niñez de hoy.


http://www.proyectodiez.mx/2014/06/15/el-fut-el-deporte-y-los-ninos-de-hoy-opinion/42631

lunes, 9 de junio de 2014

Un acercamiento (¿ficticio?) al suicidio



Tan solo imaginen que cada 15 minutos ocurre un suicidio durante todo un año. Eso fue exactamente lo que pasó en Japón en 2009 tras una década consecutiva de más de 30 mil muertes al año por esa causa. No es ninguna casualidad que Haruki Murakami y Kasuo Ishiguro, en sus obras literarias, reflejen este fenómeno. A pesar de que el suicidio concierne al individuo, cualesquiera que sean sus causas, en estas dimensiones ha sido considerado hace poco por el gobierno nipón como un problema social. Y es que de alguna forma debe haber «algo» en el exterior que influye y condiciona a cada una de sus víctimas.

En Necaxa, por ejemplo, donde se localiza la hidroeléctrica más importante del estado de Puebla, este año fue muy sonado el caso entre sus habitantes de un joven que se suicidó, especialmente porque no se tenía registro en la memoria colectiva de un hecho como éste, lo que cimbró sin duda a todo el pueblo. A pesar de los rumores, nadie podrá saber con exactitud qué fue lo que determinó al muchacho a quitarse la vida, pero lo cierto es que este pueblo desde hace muchas décadas llevaba una vida estable en buena razón porque la mayoría de las familias se sostenía gracias a su trabajo en la compañía de Luz y Fuerza, lo que feneció de un día para otro con su liquidación por un decreto del sexenio presidencial pasado. Por supuesto, no quiero decir con esto que una situación económica desesperada los orille a todos al suicidio (evidentemente no es así), pero de que la incertidumbre trastorna su modo de vida e influye -sabrá cómo- en algunas personas, eso me parece que sí.

En la literatura japonesa, volviendo al tema, se reconoce el suicidio como un acto recurrente, que no es ajeno para sus habitantes, y por lo tanto está arraigado en su cultura, antes bien, puede considerarse como un acto honorable, respetable o comprensible cuando el individuo prefiere matarse antes que convertirse en una carga para la familia y la sociedad. Sin embargo, el valor moral de la ficción en la novela de Kazuo Ishiguro, “Un artista del mundo flotante” (1986), lo que trata de señalar es a una sociedad que devastada por la guerra, reniega su pasado, culpando a sus mayores de todos los males que le aquejan. Por eso se trata de un mundo flotante, porque cuenta la historia de una generación de artistas que sobrevive a la bomba atómica, pero no al aislamiento con que la trata la nueva sociedad. A consideración de ésta, aquella generación no debería seguir existiendo, pero existe, y como pasado, pretende olvidarla aunque no lo consigue, por lo cual la señala intencionalmente como un desperdicio, un pasado que apesta, presionándola a desaparecer. Para la mayoría de los que pertenecen a esta generación caduca, el suicidio se convierte en una salida necesaria, se trata pues de una cuestión de honor y de principios. Pero para el protagonista de esta novela las cosas no tienen que ser así, para él es una lucha donde el valor primordial e impostergable es la vida misma. Por eso su principal lucha es con el lector actual, con quien tiene que defender su postura -que también es válida- al decidir enfrentar la vida con dignidad y principios.

Por su parte, en la obra de Murakami, “Crónicas del pájaro que da cuerda al mundo” (1997), el suicidio es cercano a todos los personajes, ya sea porque conocieron a personas que lo intentaron o consumaron el acto. La casa deshabitada donde ocurren los hechos fundamentales, nadie, ni regalada, aceptaría habitarla al conocer su historia. Y es por su historia que se le llama “la mansión de la horca”, pues todos los que han vivido en ella acaban ahorcándose o matándose allí por diferentes causas. Para el lector japonés, y para el lector en general, es desconcertante entonces que el protagonista quiera adueñarse de esa casa. Una forma sutil que pone de manifiesto que a pesar de lo respetable que es el suicidio para los japoneses, al mismo tiempo desean alejarse lo más que se pueda de la posibilidad de una muerte atroz, en especial, si tienen que recurrir a ella por su propia cuenta.

Primero, quien habita esa casa es un ex coronel que sabe será juzgado por sus crímenes de guerra, a pesar de que en su momento fue vanagloriado por sus conquistas militares. Ante tal humillación de cara a la sociedad, prefiere el suicidio sin titubearlo, y su esposa, por su parte, lo sigue ahorcándose en la cocina. Tiempo después, se muda a ese lugar una actriz que al quedar discapacitada y defraudada por su sirvienta, ciega y sin dinero, decide ahogarse en la bañera. Y más tarde, la familia Miyawaki, a pesar de sus esfuerzos de rendirle un ritual religioso al lugar para desprenderse así de posibles desavenencias, no logran recuperarse de una mala administración en sus negocios, por lo que también caen en la quiebra, pierden la casa y deciden matarse. En los tres casos, todo parece ir muy bien con sus vidas pero cuando todo deja de fluir como antes, su mundo se descompone y ya no vuelve a funcionar igual. La casa se vuelve maldita, por lo que se me ocurre pensar que la superstición también está subrepticiamente arraigada en su cultura, con el propósito de ahuyentar la mala suerte, ya que, sin exagerar, ésta puede significarles su muerte.

Sin embargo, más que llamarle mala suerte, diría que expresa el desamparo en que queda el individuo cuando no tiene garantías de una vida estable en el futuro, lo que puede ser todavía peor, incluso fatal, en una sociedad tan jerarquizada como nos la presenta Murakami a través de la ideología de algunos de sus personajes. Un caso representativo es el del padre del antagonista; a él no le caben dudas acerca de que no tiene ningún sentido vivir si no se está, o por lo menos si no se aspira a estar, en la élite. Por consiguiente, si son tan marcadas las diferencias económicas y sociales en dicha sociedad, caer en desgracia, los degrada en la escala social, lo que, como sabemos, no es tan sencillo de sobrellevar. El aislamiento, después de todo, nos deprime y baja nuestras defensas… Es el caso de la actriz que queda discapacitada para el trabajo, perdiendo así la fuente de su estabilidad económica. Ella sabe que ha quedado fuera de la competencia y se convence de que lo mejor es morir. Esto es un indicio de que la vida para muchos nipones, aunque aparentemente normal, está al filo de convertirse en un desperdicio, como cualquier cosa que se desecha porque ya no sirve, pues una vez que quedan inutilizados para el trabajo, asumen que pasa igual con su vida.

La ficción una vez más es un pequeño acercamiento al mundo en que vivimos cuando todavía tiene algún sentido.
Publicado en: http://www.sputnikdos.com/2014/06/literatura-un-acercamiento-ficticio-al.html

viernes, 30 de mayo de 2014

Fomentando el arte desde sus raíces.

Recibí una invitación para asistir al Recital de guitarra “Pequeños intérpretes”, a realizarse en el museo Rafael Coronel aquí en Zacatecas, y como decía “de niños para niños”, me animé a ir para que mis hijos fueran a escucharlos. Llegué con ellos al lugar indicado unos minutos antes de que empezara. La puerta estaba cerrada (desde lejos lo noté), pero antes de que me acercara al señor de la puerta, una pareja de adultos mayores se adelantaron y le pidieron permiso de pegar una hoja que avisaba que el recital se cambiaría al museo Miguel Felguérez, a unas cuadras de ahí. A juzgar por su cara, el encargado no tenía idea de lo que le hablaban, él ni siquiera estaba enterado de que el recital fuera originalmente allí, les dijo que nadie había preguntado por el evento, pero al verlos insistentes, el señor hizo un gesto de que por mera concesión les daba chance de poner la nota en la puerta. 
Nunca he entendido por qué los organizadores deciden o permiten que pase esto de última hora como si se tratara de cualquier detalle que se puede cambiar de buenas a primeras, pero, desgraciadamente, esta clase de auto-sabotajes se da una y otra vez. Me molestó un poco porque no iba sola, iba con niños chiquitos y tendría que llegar caminando, pero… pues ya qué. Ya estábamos ahí.  Cuando entré al auditorio, todos los asistentes -sin duda- estaban enterados del cambio, de otro modo, sus hijos, sobrinos o nietos no estarían listos para pararse en el escenario. También había otros invitados de una casa hogar que igualmente sabían del cambio porque eran parte de los asistentes esperados. En facebook avisaron de último momento y, por supuesto, yo no lo leí. De cualquier manera tuve la sensación, por lo que dijo el señor de la entrada del otro museo, que nosotros éramos los únicos invitados no-estimados. 
Una vez más, constaté, que un evento cultural de buena calidad puede pasar sin ton ni son  por una difusión bastante somera para el público en general (y de alguna forma, qué mejor, sobre todo si no son serios y hacen cambios así sin más), ya que por alguna razón dan por sentado que fuera de los familiares, a los desconocidos no les interesa asistir. Y qué pena porque en esta ocasión se presentaban los niños que habían ganado, hace poco, a principios de mayo, el primero, segundo y tercer lugar del VI Concurso Nacional de Guitarra de Salamanca 2014. Y vaya que se notó el talento cuando tocaban, por eso les tengo que pasar los créditos: Los ganadores pertenecían al Taller infantil de guitarra del Instituto de Cultura de Villanueva, Zacatecas, a cargo de Nathalie Hurtado, acompañados de otro cuarteto infantil, El Joropo, a cargo de Julio César Jiménez, de la Unidad Académica de Artes de la Universidad Autónoma de Zacatecas, cuarteto que está en una fase inicial, pero que también mostró su alto nivel en el escenario.
Claro estuvo que el concierto era "de niños", pero por su repertorio, de ninguna forma era “para (todos los) niños”. Los más pequeños como los míos empezaron a fastidiarse porque las canciones no eran precisamente alegres, eran serenatas, tangos, baladas. Quise estar ahí lo más que pude, pero a la mitad del recital me tuve que salir con ellos. Ya no pude escuchar a los cuartetos juveniles que también estuvieron en el recital, aunque, como quiera que sea, los pude disfrutar hasta donde estuve. Mientras escuchaba a los intérpretes, me dejé llevar y me puse a pensar en las artes, en la música, en la pintura, en el teatro… en todas esas cosas que algunos osan en llamar de inútiles, aunque ellos, los pequeños intérpretes, de una forma muy simple estarían en desacuerdo con que las llamen así. Ni siquiera podrían decir que son cosas.
El proceso de tocar un instrumento debe ser para ellos una transformación total de su propia persona. Para nosotros, los espectadores, es el disfrute de un resultado. Para los niños el entregarse a un arte puede ser el proyecto inicial de su vocación, y para otros, como espectadores, una forma de apreciarlo y de introducirse en él. Y quizás de lo que se trate la educación artística en los niños es tan simple como eso, de acercarlos a experimentar de diferentes formas las artes, aprendiendo a cultivarlas y apreciarlas como parte de una formación integral. Que a lo mejor con el tiempo tengan interés en otro arte, en el deporte o en las ciencias, muy bien, lo importante es que a esta edad no se debe limitar su experiencia y menos en una sola dirección. Sino que con base en una gama de posibilidades, ellos mismos puedan darse cuenta de sus inclinaciones y preferencias, hasta que estén en condiciones de elegir libremente lo que es propio para su persona.
Me gustaría acabar sólo con dos simples observaciones a partir de esto que presencié.
Primero, que algo huele muy mal cuando los organizadores de eventos culturales como éste dan por sentado que el público en general no asistirá (que hasta pasa desapercibido cualquier autogol que se metan). La razón de este asunto es endémico: no tenemos un público crecido y fortalecido que se interese por las artes, no lo hemos fomentado desde sus raíces, en nuestra niñez. La educación artística aparece como parte del currículo en la educación básica, pero como otras tantas cosas se planta en la simulación. Las instituciones de cultura asumen que este problema existe, pero no para resolverlo, sino para darle la vuelta, ya sea porque esto sale de su alcance o porque no tienen interés en cambiarlo. Como muchas otras instituciones de este país, trabajan de forma independiente, sin coordinación con la SEP, por ejemplo, así que en lugar de sumar esfuerzos dirigidos a transformar esta realidad,  lo que hacen es ponerle un traspié a la otra. Lo mismo pasa con las Casas de Cultura, que si bien su función sería pulir a las semillas que se han formado en las escuelas, los niños que llegan, como es de esperar, aparecen a cuenta gotas. Los que están allí llegan principalmente por el interés de sus familias o de sus maestros. Es una especie de milagro, porque en una escala social lo que predomina es el desinterés y el desorden. 
Segundo, me parece absurdo que teniendo a estas joyitas cultivando un arte, que por si fuera poco han ganado los primeros lugares a nivel nacional, etc., los organizadores no se preocupen por promover una difusión como se la merecen, más allá del público querido, que son su familia y maestros. Si lo más difícil ya lo hicieron al llegar a este nivel, ahora por qué no hacer una difusión profunda, por qué no invitar a las escuelas para que asistan otros niños que se interesen a través de sus pares, por qué no hacerlo si otros han triunfado en condiciones como éstas en la que está hundida nuestra cultura.

Publicado en: http://www.proyectodiez.mx/2014/06/06/fomentando-el-arte-desde-sus-raices-opinion-de-edna-rodriguez/42509

jueves, 29 de mayo de 2014

Segunda parte. El pájaro profeta. De julio a octubre de 1984.



La segunda parte de las Crónicas titulada “El pájaro Profeta. De julio a octubre de 1984” es, a mi modo de ver, la parte más difícil de comprender, incluso de sobrellevar. Tantos enigmas hasta el momento, para que el lector en esta parte se encuentre con una lectura con un ritmo más lento que en la primera y donde se acumulan aún más preguntas... (y temo decepcionar a alguien pero lo que es peor, es probable que se queden con varias de ellas al terminar el libro). Quizás uno como lector esperaría que las cosas se fueran aclarando un poco, que el protagonista estuviera más avivado y tuviera otras reacciones que ayudaran a entender mejor lo que pasa. Pero todo es un embrollo y me queda claro que la intención es esa, embrollarnos por igual, tal como lo está el protagonista (ya sea para justificar su determinación para bajar al pozo). Por mi parte, no pude salir de la enredadera y fue necesario acabar el libro, disfrutar su narrativa y luego releerlo desde el principio para tratar de entender mejor la trama. Por eso, lo que me sorprende a estas alturas, es que si creí haber pescado algo, en realidad, una segunda lectura me da cuenta de que prácticamente no le había entendido nada a la novela. A lo mejor no fui tan buena lectora como había creído, pero también es la forma como lo estructuró Murakami. Ahora me doy cuenta de que la clave está en que hay hechos presupuestos, que ni siquiera se narran, sino que se deducen por necesidad. ¿Cuándo leemos, por ejemplo, lo que Kumiko le habrá contado a Malta? ¿O qué conversación habrán tenido realmente Noboru Wataya hablando por teléfono con su hermana? No, no lo leemos en la novela, pero algo de esto tuvo que haber tenido lugar para poder entender lo que sí leemos.

Por otra parte, si uno cree o no en los poderes sobrenaturales es cosa aparte, la hilación tiene una lógica interna que no atenta contra la verosimilitud de la novela, aunque no sería difícil que algunos lectores se sientan ultimados. Después de todo, qué extraña imagen la de encontrarse a Creta a oscuras en la casa de Okada, o que su vestimenta parezca un recorte de revista del año del caldo, y qué extraño encontrarse a una mujer con un sombrero de plástico rojo desentonando con la belleza y el buen gusto de Malta, o que una mujer que no conoces se acerque a ti y te pregunte si tienes dinero, le digas que no y sin más, se vaya. Qué raro es que te den una tarjeta de presentación únicamente con el nombre, sin dirección ni teléfono ni nada más… Ultimadamente, ¡quién diablos bajaría a las profundidades de un pozo abandonado! No cabe duda que los acontecimientos narrados son de lo más extraño, empezando por «los más reales». Y sin embargo, todo guarda su lógica y su proporción. Okada decide bajar al pozo para poner en orden sus ideas, para reflexionar y tratar de entender lo que estaba viviendo. Una forma poco ortodoxa, sin duda, pero, de algún modo, como diría Unamuno, eran él y sus circunstancias. Su mujer lo acaba de abandonar, su cuñado al día siguiente le informa que ella tiene un amante y que su familia se va a encargar de tramitar su divorcio; en su vida aparecen, una tras otra, mujeres extrañas, como Malta Kanoo y su hermana, la mujer misteriosa del teléfono y la adolescente May. No entiende bien por qué aparecen en su vida… y por qué justo ahora que se va Kumiko. Además conoce al teniente Mamiya en representación del señor Honda; el primero le acababa de contar la experiencia extraordinaria de haber tenido que pasar un tiempo en el pozo y lo que significó para él; y al otro lo había recordado hace poco pues le decía que cuando es necesario tocar fondo hay que buscar el pozo más profundo. May Kasahara le enseñó aquel pozo seco de la casa abandonada y él, sencillamente, no quiere estar en la suya donde solo habitan las “sombras prisioneras” de su relación con su esposa. Además de eso, no tiene otro lugar mejor a dónde ir para estar solo. En esas circunstancias específicas es como decide ir al pozo. Tiene su verisimilitud. Las sensaciones que describen Okada y el teniente Mamiya en el fondo del pozo, viéndolo como novela, no deben ser ajenas a la realidad: una auténtica negrura envolvente, la soledad en la profunda oscuridad y el silencio, en las tinieblas y el frío, en un mundo subterráneo donde los recuerdos adquieren una fuerza desconocida: imágenes fragmentarias prodigiosamente vívidas en cada detalle, tan claras que podrían asirse con la mano… Las estrellas que permanecen en la boca del pozo, que suavemente se desvanecen hasta desaparecer. Su movimiento, que demostraba el tiempo que corría. Y afuera un mundo remoto unido al individuo a través de un pequeño agujero, lo que hace increíble de pensar que justo debajo de una luz tan abrumadora exista una oscuridad como ésta. En la primera parte, incluso, nos hemos percatado de los poderes paranormales de Malta que de una forma extraña, a través de los sueños, usa a su hermana de médium. Este será un antecedente importante para dar verosimilitud a otros sucesos posteriores. Inclusive, antes de que Okada entrara al pozo, Malta adivina que una persona cuyo nombre empieza con la letra O va hacerle una llamada y que durará mucho tiempo en la media luna. Esto último no tiene ningún sentido hasta que él se percata de que la boca del pozo tapado por la mitad representa la media luna, lo que quiere decir que su estancia en el pozo será larga. Y así fue. Aunque él asegura que estuvo solo tres días en el pozo, no hay una certeza de que esto sea verdad. La percepción del tiempo aquí es muy confusa y él en algún momento dado reconoce que no sabe si es la hora “a.m.” o “p.m” (antes o pasado meridiano). Toda la primera parte de la novela, de junio a julio de 1984, es narrada en tiempo pasado, como un recuerdo del narrador, y justo el día que va a entrar al pozo, habla en tiempo presente. Esto es evidente cuando al pasar por el callejón, antes de llegar al pozo, en el camino tiene un recuerdo de su mochila “en un día como hoy”. Esto hace suponer que sus recuerdos narrados en el pozo abarcan las Crónicas desde el principio, desde aquella llamada mientras preparaba los espaguetis. El lector, al menos, haría bien en dudar cuánto tiempo realmente estuvo en el pozo. En especial cuando descubrimos que no todo lo que narra el protagonista es todo lo que sucede. Por otra parte, nos percatamos de que una vez que Okada se introduce hasta el fondo del pozo, Malta no puede intervenir de ninguna manera en sus sueños. Como lo ha dicho ella, no puede «sentir su presencia». Eso explica por qué Okada no sueña en el pozo a Creta. Al parecer, Malta lo pierde porque Okada está lejos de la superficie, o porque no tiene muestras de agua de aquel pozo (recordemos que Creta recolectó agua de la cocina y el baño y que Okada llegó a mencionarle que no muy lejos había un pozo seco). Asimismo, Malta percibe que no se trata de una mera coincidencia el que, al volver a sentir la presencia de él, haya dejado de sentir la de su hermana. Sus sensaciones, después de todo, no están equivocadas: se deben a que Okada sale del pozo y ahora entra Creta. No obstante, puede parecernos increíble de imaginar que nunca se le haya ocurrido preguntarle a Creta cómo fue que lo encontró en el pozo, si se supone que ella no sabía dónde estaba él y la única persona que lo había visto en el pozo era May Kasahara. Pero recordemos que la hermana de Malta sin más preámbulos se esconde de él una vez que le lanza la cuerda para que pudiera salir del pozo. De modo que él ya no puede hacerle esa pregunta. De cierta forma, por esa razón es que se esconde Creta, para no tener que responderle, y luego ella, poder bajar al pozo. En todo caso, le sorprende aún más que ella también haya decidido bajar hasta el fondo. Cuando la vuelve a ver al día siguiente en la noche, la pregunta ya no es cómo fue que llegó a rescatarlo de su encierro en el pozo, sino ¡cómo diablos llegó hasta su cama, desnuda, sin zapatos y limpísima! Todo esto ya nunca más se tocará en la novela, lo que quiere decir que Murakami nos deja este mensaje no escrito: «El que entendió, lo entendió, y si no, quédese con la duda o vuelva a leer el libro». Así que yo lo que pensaría es que así como el teniente Mamiya fue rescatado por el sr. Honda, gracias a sus ya incuestionables poderes sobrenaturales, de igual manera, ya tenemos varios elementos para no cuestionarle a Malta sus poderes, mismos que le ayudaron a Creta a sospechar dónde podría estar Okada, pues si no sentía su presencia debía ser porque estaba «debajo de la superficie», posiblemente en aquel pozo donde él le había dicho que no corría el agua. Y fue así como dio con él. Pero, sobre cómo Creta llegó hasta su cama desnuda, eso sí es más difícil de adivinar o suponer. Sabemos que Okada, cuando fue a buscar a Creta al día siguiente, no la encontró (ni a ella ni a la cuerda). Y fue hasta aquella noche que al despertar de su siesta la encuentra en su cama desnuda y sin zapatos. De forma tan natural, ella sin preocuparse si quiera, le comenta que algo similar ya le había pasado antes, pero no sabe o no le puede explicar qué fue lo que pasó. Sólo recordaba que se había quedado en el pozo y que, cuando cobró conciencia, se encontraba ahí, en la cama de él en esas condiciones, a pesar de la lluvia que hubiera manchado de lodo su cuerpo y sus pies. Por otra parte, sabemos que May Kasahara -luego de que salió Creta- fue quien bajó al pozo también, quien admitió tener la cuerda. Esto es todo lo que sabemos… Lo que yo podría suponer es que Creta le está ocultando la verdad a Okada. Ella sale del pozo y deja la cuerda ahí colgada. Ella en el pozo ha reflexionado que le conviene «marcar un límite» entre su pasado y su presente, acostándose con Okada. Pero no sólo eso, además desea embarazarse para comenzar una nueva vida «más suya». Su hermana, Malta, está de acuerdo con esta decisión, y ya que pueden manipular los sueños de Okada, al dejarlo dormido, aprovechan para que Malta se lleve la ropa y los zapatos de Creta. Y ella, limpísima, se acuesta en la cama de Okada. Malta con esto le está dejando una clave más a él: Creta al ponerse la ropa de Kumiko le mostrará que es de la misma talla que su esposa. Esto es de pensarse considerando que Creta fue ultrajada por Noboru Wataya… Respecto a May Kasahara, ella finalmente se decide ir a buscar a Okada cuando ya Creta había salido del pozo y lo único que encuentra es la cuerda colgando. No podía saber en ese momento quién lo habría rescatado, pero decidió llevarse la cuerda para luego bajar ella en un mejor momento cuando no estuvieran sus padres en casa.





Hasta aquí, todo, aunque muy extraño de primera vista, va teniendo una explicación (repito, que uno crea o no en los poderes paranormales es otro asunto, en la novela basta con anunciar con oportunidad el caso del teniente Mamiya para darle credibilidad al hallazgo de Creta; así entonces se puede admitir como un recurso que explica ciertos acontecimientos que de otra forma serían inexplicables). Pero aquí no paran los hechos extraños, la aparición de la mancha de nacimiento también puede violentar la verosimilitud de la novela. Y sin embargo, es rescatada con la llamada de Malta que deja entrever el porqué de su aparición. Okada al bajar al pozo se encuentra en condiciones muy específicas, no sólo es lo que le está pasando y lo que está tratando de comprender, es también el lugar donde habita temporalmente el que condiciona su estado físico y mental. Él, aunque profano de los poderes sobrenaturales al principio, concediendo a Mamiya su historia y su relación con Honda, finalmente él mismo experimenta en el pozo algo parecido a una revelación (él es, Okada, «el pájaro profeta»). Así es: no sólo vuelven a él los recuerdos del tiempo en que conoció a Kumiko en el hospital, o de su primera cita con ella en el acuario, no sólo recuerda aquel embarazo que terminó en aborto, sino que también se adelantó al futuro. Por la llamada que le hace Malta a él, después de que sale del pozo, se intuye que ella sabe que las personas que predicen el futuro cambian su configuración física: tienen cambios notables en su cuerpo que se pueden ver a simple vista; pero cuando no están familiarizados con sus capacidades predictivas, les pasa que no entienden nada o no saben cómo descifrar lo que ven: no podrían situar siquiera sus visiones: no son sueños, pero tampoco son lo que conocemos como realidad. O a la inversa, no son reales, pero tampoco son lo que conocemos como sueños. Esto explica su mancha en la cara que apareció justo al terminar su revelación, sintiéndolo como una «fuente de calor» en la mejilla derecha. Como le confesó a su tío, Okada no sabía si de algún modo aquella mancha tenía alguna relación causa-efecto con la marcha de Kumiko, pero su revelación, y por lo tanto su mancha, tiene que mucho que ver con ella. Hay hechos que marcan el inicio y el final de cada parte de la novela, razón por la que se dividen las Crónicas de “junio a julio de 1984” y de “julio a octubre de 1984” en la primera y segunda parte respectivamente. El primer martes de junio aquella mujer misteriosa (con aquel «violento deseo sexual») le llama a Okada por teléfono, y justo al terminar el mes, Kumiko se va de la casa. Entre este y el otro suceso se narran las Crónicas de la primera parte. Y luego, comienzan la segunda: Al darse cuenta de que Kumiko no llegó a casa, Okada decide bajar hasta el fondo del pozo… y cuando sale de él queda marcado con una mancha de nacimiento. En octubre tiene una revelación: Descubre quién es la mujer de la llamada misteriosa y eso le permite comprender que Kumiko se fue de casa, no porque lo abandonara, sino porque, por alguna razón, tenía que apartarse de él. La casa abandonada, además, es demolida con todo y el pájaro de piedra y el pozo se llena de tierra. Okada todavía no acaba de entender con quién está, si está sola o se trata de un hombre y quién es. Quizás, como le habían advertido las hermanas Kanoo, si ella no se iba de la casa, «podría haber pasado algo mucho peor». Ahora sabemos, antes que Okada, que Noboru Wataya es quien está detrás de ella y que es el hombre con quien está Kumiko. La amenaza de él sobre su hermana es más peligrosa de lo que podría uno suponer. Al menos ella puede imaginar que su hermano podría matar a su esposo, ¿por qué no le extrañaría? (según lo advierte en uno de los sueños que no son sueños de Okada). Si no le sorprende es porque puede ser capaz de esto es, porque Kumiko le conoce algo. ¿Será que él mató a su hermana? Llevando esto al límite, es posible que Noboru abusara de su hermana y que temiera que Kumiko fuera a decírselo alguien más. Kumiko lo había visto masturbarse con la ropa interior de su hermana… Y, además, está el dato (deducido por los relatos) de que después de que Kumiko se casó con Okada, Noboru violó a Creta. Y nota curiosa: el cuerpo de Creta es muy parecido al de Kumiko….






La tercera parte a ver qué me ofrece, quiero ver si hay algo que se me escapó o si de plano tendré que deducir con los elementos que me dé Murakami para entender qué pasó entre los hermanos Wataya. Ya en la parte dos se deja asomar algo (fue parte de lo que ya no escribí). En el pozo, Okada recuerda la vez en que Kumiko quedó embarazada y al final decide ella sola abortar aprovechando que él se fue de viaje. Pero, oh, pequeño detalle: Okada recuerda a la perfección cómo fue que embarazó a una chica (no usaron condón, la chica le dijo que no iba a pasar nada y, luego..., tuvo que abortar). En cambio, con Kumiko no recuerda cómo fue qué pasó ese accidente. Por si fuera poco, ella después le pregunta que si él cree que haya otro hombre, al instante le responde que no, pero después se angustia y le pregunta que si lo hay, ella le contesta "no, cómo crees"... Finalmente, fuera del pozo, cuando sigue al muchacho que lleva un bat en el estuche de la guitarra, en el camino se da cuenta que "la obstrucción de la corriente", en sentido figurado, se había dado justo a partir del embarazo, pues Kumiko ya no pudo decirle con palabras lo que sentía, mucho menos después del aborto, e incluso en su larga carta cuando se despide de Okada le vuelve a decir que hay algo que tiene que que erradicar, juzgar y castigar, porque ha sido lo que ha provocado todo esto. Ahora sabemos, después de haber leído el final de la novela, que ese algo se llama Noboru Wataya. Pero eso quiere decir (o más bien justo ahora que lo escribo lo estoy pensando) que Noboru violó a Kumiko, la embarazó, y ella decidió abortar. Vaya, antes lo pensaba como hipótesis, pero esta vez ya no tengo duda.




Y de modo figurado, también llega a la conclusión de que el acontecimiento que sin duda vino a obstruir la expresión de los sentimientos de Kumiko fue aquel embarazo que ella decidió dar por terminado cuando se quedó sola en casa. Ella nunca más, desde que eso pasó hasta el día que le escribe una larga carta despidiéndose de él, no puede expresarle con palabras ese algo que «debe erradicar, juzgar y castigar puesto que es lo que ha provocado todo esto».


Por otra parte, a Kumiko le pudo haber pasado lo mismo que a Creta: el dolor y el placer eran una sola cosa: el placer provenía del dolor y el dolor provenía del placer. A pesar de que la ultraja, ella nunca había sentido un placer igual, pero éste a la vez estaba unido a la terrible figura de Noboru. Eso fue lo que relató Creta y casi podría asegurar que lo mismo le pasó a Kumiko. Ella lo reconoce en su carta, confesándole a Okada que con él nunca ha sentido que se funda en el "barro caliente". En el pozo, por su parte, Okada dice de pasada que nunca sintieron una "descarga eléctrica" al enamorarse, y que más que encontrarse con "una persona nueva", se sentía a lado de "un viejo y querido amigo". En su primera relación sexual, no ocurrió nada del otro mundo, y sin embargo, la sintió lejos, como si estuviera en otra parte o pensando en otra cosa (le llama, una sensación de disociación). Y es que quizás, desde tiempo atrás, la violaba su hermano. Después cuando se casa Kumiko con Okada (su casamiento coincide con la fecha en que Creta intenta suicidarse a los 20 años de edad), poco tiempo después es que Noboru viola a Creta. Él ya no tenía acceso a Kumiko y se encuentra a esta chica que debía parecerse a ella. Creta finalmente logra "reconfigurarse" acostándose con Okada, pero Kumiko aún no lo consigue y se mantiene presa de su hermano. Oculta. Él no quiere que su hermana diga nada, no sólo porque iría a la cárcel, sino porque perdería la oportunidad real que tiene de ser diputado. Pero, ?por qué Kumiko no puede delatar a su hermano con Okada? Porque además del escándalo público en el que ella queda expuesta como la hermana violada, teme que incluso, aún cuando pudiera escapar del escándalo, Noboru sea capaz de matarlo con tal de que siga siendo un secreto entre ellos. Adelantándome un poco, me parece que el final deja entre abierto dos caminos posibles, uno en el que Kumiko después de cumplir su condena vuelva con Okada... Y otro en el que Okada se junte con May Kasahara. Pero de eso, mejor para después.






Una fuente de calor, dirá May Kasahara, es con lo que cada persona nace en el centro de su existencia y a la vez la mueve desde el interior a realizar cosas… La suya sería la cuestión de la muerte: Esa curiosidad que la llevó hasta el límite con su compañero de la moto, tapándole los ojos cuando él iba manejando, y luego, a Okada, sustrayéndolo de la cuerda que le permitía salir del pozo. La representación de este personaje es la de una pequeñita de dieciséis años que aparenta menos edad pero que por inteligencia parece tener más. Hundida en una vida muy aburrida se la pasa cavilando sobre la muerte. Basta con hacer memoria, una por una, de sus conversaciones con Okada. Desde que se conocen, cuando le habla en voz baja al notarlo somnoliento, le dice algo sobre «diseccionar a la muerte», como si se tratara de un cuerpo blando que en su interior se vuelve más y más duro. Después, cuando van juntos al trabajo, reflexiona con él que si la gente teme quedarse calva es porque eso les hace pensar en el final de la vida: conforme se van quedando calvos, sienten que la vida se les va acabando. Incluso le menciona que a veces piensa en qué es lo que deberá sentirse cuando alguien se va muriendo poco a poco, sin tener nada que comer ni que beber. Nunca pensó en ese momento que esto sería fácil de investigar quitándole la escala a Okada… Y aun cuando lo tiene atrapado en el pozo, a su merced, le explica que para evolucionar necesitamos de la muerte: si el hombre piensa en el significado de la vida es porque sabe con certeza que va a morir algún día: si el hombre viviera eternamente, sin desaparecer, sin envejecer, si pudiera vivir una juventud perpetua en este mundo, no se rompería la cabeza en muchas cosas como la filosofía, la psicología, la lógica, la religión o la literatura.


La percepción de May sobre Okada ha cambiado y su relación con él se ha trastocado a partir de que se ven de nuevo, pero esta vez tras estar fuera del pozo sin su ayuda. En su encuentro, ella se nota más precavida en cada cosa que dice porque sabe que lo dejó abandonado en el pozo más tiempo del que debería. Nunca esperó que él no estuviera enojado con ella y de alguna forma le agradece su presencia para dejar de pensar tanto en la muerte. Al parecer se dio cuenta que al llevar hasta último término el dejarlo morir poco a poco, ese hecho la cambió a ella, ya no sentía que fuera la misma y no pudo reconocerse en el espejo, por eso, lo primero que tenía que hacer era alejarse de la vida tan aburrida que llevaba en su casa. Por él, le dice, es que ha decidido irse a estudiar a «otra escuela» que es donde podrá sacar un mejor provecho de sí misma.




Es importante no dejar pasar el hecho de que entre la casa abandonada y la casa de May, solo las divide el callejón: una está a espaldas de la otra y su jardín queda enfrente del jardín de la casa vacía. Okada descubre que a unos metros del pozo seco, en el grifo de la casa de May sale agua pura, lo que apunta a la sospecha de su tío de que probablemente «la obstrucción de la corriente» se deba al callejón que no tiene ni entrada ni salida.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Comer fuera

Una de las cosas que recuerdo más vívidamente del DF es la hora de comer. En aquel tiempo, hace más de diez años, mi hermano y yo nos fuimos a estudiar allá, pero yo no sabía cocinar ni un huevo. En honor a la verdad, mi mamá era quien hacía de comer y nunca tuve curiosidad por aprender, todo eso cambió hasta que nacieron mis hijos (otra historia). Incluso, no me recuerdo preguntando antes de esto qué ingredientes se usaban o en qué consistía el procedimiento. Ningún interés. Mi hermano al menos, como decía mi mamá, «se sabía procurar». Hiciera lo que hiciera, por sencillo que fuera, lo sabía preparar bien. Pero una vez, siendo mi turno, le hice un huevo revuelto y me lo regresó: "tiene que estar bien cocido, así no". Yo me lo podía comer semicrudo, claro; pero él jamás. Entonces lo regresé al sartén y asunto arreglado. En otros casos no era tan fácil. El tradicional «chile con huevo» que se hace en la Sierra Norte de Puebla, de donde es originaria mi mamá, requería que el huevo no estuviera ni un poco crudo (aunque hace poco me enteré que en Zacatlán debe de quedar así ligeramente). Me pareció que prepararlo era cosa sencilla y lo intenté como si fuera una experta. Al huevo le agregué la salsa verde y, al final, sin probarlo previamente, lo serví para los dos... Ni siquiera yo me lo pude comer. Sabía asqueroso. Después supe que el huevo debía estar bien cocido y lo lamenté porque tuve que tirarlo. Era incomible. Entendí que lo mejor era salir a comer cuando me tocara el turno de preparar algo. Sólo que había un detalle: No estábamos del todo acostumbrados a comer fuera. La razón era muy simple: mi mamá era -es y sigue siendo- de esas personas que prefiere comer en casa. En un nuevo lugar, por regla, acababa diciendo que la comida no estaba sabrosa, o se comía menos de lo servido porque, al no estar acostumbrada, su estómago era muy sensible y temía enfermarse. En otras palabras, sólo de vez en cuando frecuentábamos los restaurantes o taquerías validados por mi madre. Por eso se nos hizo raro al principio comer fuera casi del diario. Y vaya que en el DF «nos curtimos»: comíamos en un montón de puestos ambulantes o en cocinas económicas, principalmente. Por supuesto, a partir de entonces me tuve que desparasitar varias veces. Más temprano que tarde, nuestros horarios empezaron a cambiar y tuvimos que separarnos a la hora de la comida. Sin duda fue otra sensación muy extraña, eso de tener que comer sin la familia, sin compañía y fuera de casa no era lo más dichoso del mundo y, por si fuera poco, no pocas veces había que comer deprisa. Todo esto junto fue lo que fundamentalmente cambió mi modo de vida. En los comedores donde la mercancía era la comida no había nada de raro; parecía que la mayoría de los trabajadores y estudiantes hacían lo mismo que nosotros. En las cocinas económicas, por ejemplo, era común que uno o dos extraños se sentaran a comer contigo en la misma mesa porque nunca había suficientes para todos y además era impensable buscar otro lado donde comer, el tiempo era muy limitado. «Disculpe, ¿está ocupado?», preguntaban casi a modo de saludo. «No, adelante, puede sentarse» y se esbozaba una sonrisa mutua. Todos sin excepción solían ser muy corteses mientras nos pasábamos el salero o las salsas de un lado a otro, y cuando menos te dabas cuenta tú acababas siendo igual: «provecho», «igualmente», «gracias», «que le vaya bien». El mundo aquí era como me lo platicaron: "En el DF «los chilangos» son amables, cordiales y si pueden te darán la mano, sólo en provincia pierden la proporción y todo lo ven chico, sintiéndose grandes". Quizás tenían razón, pese a estar sola, el ambiente aquí era bastante cordial. De algún modo, yo me reunía con esa gente en esa especie de comedores comunitarios. Teníamos prisa, eso sí, pero, ¿quién diablos no tiene prisa en el DF? Había que acostumbrarse a la exactitud del tiempo como una condición intrínseca para todos. Había que comer con el reloj en la cabeza. Realmente en el DF el modo de vida de una gran parte de la población era (es) tan veloz que comer no podía ser la excepción. Todos teníamos un lugar a dónde volver y había que comer sin entretenerse en nada. No había que pensárselo demasiado: nuestras vidas no guardaban relación con aquellas familias, que por su lado, son cuidadosas en comer siempre en familia a una hora donde todos coinciden. Nadie come antes o después que los demás, nadie como solo o aislado. Mucho menos con extraños. Nosotros, en cambio, no teníamos nada que ver con las personas que comen con calma, sin prisas, donde el tiempo se subordina en función de esta premisa básica: el tiempo, señores, no es el emperador. Es una pena que, para quienes tienen esta oportunidad de convivir en comunidad, con extraños, amigos o familiares, que pierdan sin darse cuenta esta bonita costumbre por un pequeño intruso que han dejado entrar a sus casas y que ha ido tomando dimensiones más grandes (medido en pulgadas), ya sea el televisor, el ipad, el celular o cualquier otro gadget, que no sólo distrae, sino que también convierte el arte de comer bien a meros actos mecánicos sin relación con los suyos. No cabe duda que nuestro modo de comer, sea cual sea, es un modo de producir nuestras vidas. De crear nuestra calidad de vida y nuestra salud, ya sea para bien o para mal.

viernes, 16 de mayo de 2014

Primera parte. La gazza ladra. De junio a julio de 1984.

Malta se comunicó con Okada, cuando él despertó y se dio cuenta de que Kumiko no había vuelto a casa y que no estaba en el trabajo. Le predijo dos cosas, una, que llamaría una persona que empezaba su nombre con la letra "O". Era el de la bodega, Oomura, que al mencionarle que había pasado un accidente frente a la tintorería de la estación, le recordó que había olvidado recoger la ropa de Kumiko (la ropa es clave). Cuando fue por la ropa se enteró que Kumiko se la había llevado un día atrás. Es decir, que ella lo había dejado en la mañana de ayer.
A Okada no le cuadraba que Kumiko se llevara la ropa recién planchada en el tren. Pero no entendía entonces cómo o por qué. Lo que no sabía él es que la última vez que vio a Kumiko, lo primero que hizo ella fue pasar por la ropa que su esposo había dejado días atrás en la tintorería (la blusa verde y la falda savia) con la intención de quitarse el vestido que traía puesto para dárselo a Malta. Ella se lo daría a Creta para que se lo pusiera junto con los brazaletes y de esta manera la usaría de medium en los sueños de Okada.
(Por eso) Creta aparece en el sueño de Okada con el vestido prestado de Kumiko. Cuando se ven en casa de Okada, ambos tienen conciencia de que tuvieron relaciones sexuales en el sueño aunque no fueran reales. Esto quiere decir que la suite 208, donde se encuentran en penumbras, también es real (como los brazaletes y el vestido), y que ese es el lugar en donde se encuentra Kumiko. El hombre con el que se va ella es su hermano, que cuida que no se le acerque Okada.
Según la versión de Noboru Wataya, su hermana le llamó unos días antes de que se fuera de casa, para decirle que tenía un amante. Esto más o menos coincide con la versión de Kumiko que le cuenta a Okada que su hermano le había llamado para informarle que iba a lanzarse como candidato a diputado. Todo parece indicar que, más bien, Noboru le informó a su hermana que la había estado investigando y que, tras enterarse de sus oprobios, le advirtió que no estaba dispuesto a exponerse a ningún escándalo. A Kumiko no le quedó de otra que admitir lo de su(s) amante(s) con él, y éste la coercionó a irse a la suite para separla de Okada y, luego, él se encargaría de que firmara el divorcio. Se trataba de una coerción psicológica muy efectiva, ya que por lo que describe el narrador, la posibilidad de un escándalo en la familia Wataya podía trastornar a Kumiko y, como era de suponerse, a Noboru que esta vez sí tenía algo que proteger (a diferencia de sus combates con sus contrincantes del espectáculo con los que no tenía nada que resguardar, salvo ganar el combate).
Una vez que ella abandona a su esposo, Noboru le pide a Malta que lo acompañe como testigo en su encuentro con Okada. (Para esto Malta tuvo que hablarle primero a Noboru, «ella siempre es la que llama».) Así es como Malta le solicita por teléfono a Okada que se vean nuevamente en la misma cafetería y de ninguna manera se sorprende de que él le dijera que su esposa no había llegado a casa. Como sea, a Malta lo que más le interesa es «la configuración física» de su hermana y conocer con más exactitud la causa por la que Noboru violó a Creta. De lo contrario, decía Malta, es posible que ocurra algo peor.
Por supuesto, Okada en ese momento no relaciona que esto podría significar un daño en la «configuración física» de Kumiko, o de él mismo, por su relación con ella. Por eso lo que le ocurra a Noboru le resulta lejano y ajeno.
La aparición de Malta, Creta y la mujer misteriosa en la vida de Okada ya no es tan extraña si entendemos lo que le está pasando a Kumiko. Tal como lo diría Malta, hay una «obstrucción de la corriente», esto es, Kumiko no ha podido exteriorizar sus sentimientos con su esposo. Cuando ella busca a Malta, por recomendación de su hermano, para encontrar al gato, en realidad ella estaba buscando algo más que la ayudara a salir de su estancamiento.
Pero hay algo que no esperaban ninguno de los hermanos Wataya al contactarse con Malta. Noboru, no estaba enterado de la relación entre ella y Creta, mucho menos que fuera su hermana; Kumiko, que él la hubiera violado. Por eso la posición de Malta no era imparcial y su posición era especial en este caso.
Pero además, Malta tenía poderes paranormales. A través de los sueños de Okada (y con las muestras de agua que había recolectado del baño y la cocina), podía ir más lejos y vislumbrar el futuro. A través de objetos reales que invocaran algo o alguien, Malta los usaba de alguna manera para que reaparecieran en los sueños de Okada: El sombrero rojo de plástico la evocaba a ella; el peinado de Jaqueline Kenedy, a Creta; el vestido azul (con el que la vio por última vez), a Kumiko; la voz misteriosa a... La voz misteriosa.
Por eso podría decirse que Malta-Creta-la voz misteriosa-y Kumiko, representan a la misma persona en los sueños de Okada. El sueño es recurrente y cada vez se presentan nuevos elementos que se complementan para comprender la idea (o presagio).
May Kasahara, en cambio, no forma parte de este cuadro de mujeres. Sin embargo, a ella la conoce Okada en su búsqueda del gato. Y no solo a ella, sino también a la casa abandonada (y su historia), al pájaro de piedra y al pozo. Como le diría Malta: «Usted vive en un lugar extraño», y lo es si consideramos los oxímoros que conlleva: «Un pájaro que no puede volar (ya que parece que va a emprender un vuelo pero al ser de piedra...); un pozo sin agua (al parecer no tiene agua por «una obstrucción en la corriente» (sin sentido figurado), que explica también porqué los gatos dejan de pasar por ahí, a pesar de que otrora fuera su refugio: «los gatos son sensibles a estos cambios»); un callejón sin salida (todos los callejones tienen entrada y salida pero éste, como lo explicó Okada, no los tiene). Y... Una casa sin ocuparse. Recordando: Una casa deshabitada es tal como se siente ser visto Okada por el tacto de Malta en su primer encuentro.
May Kasahara es una chica joven, muy joven (de 16 años), que posee un increíble sentido común, lo que la hace muy astuta; su inteligencia bien puede inclinarse a la perversión o a la elevación de su espíritu. Como sea, la curiosidad la va llevando más y más lejos. Su relación con Okada es amigable al principio, pero conforme pasan los días ella empieza a desconfiar de él. Cada vez va más seguido al jardín a buscarla, le da explicaciones innecesarias, pero además, el día que lo ve con Creta cuando la está abrazando y que May le llama por teléfono para saber para qué la buscaba, se entera sin querer que hay además otra chica que le habla de sexo, todo lo anterior lo que la hace sospechar cosas malas de él. Podría tratarse de un pervertido. No vuelve a hablar con él hasta que lo encuentra en el pozo...
Lo más incomprensible en toda esta historia podrían ser los poderes sobrenaturales de Malta, que de una u otra forma consiguen que Okada quede dormido repentina y violentamente, sin poder evitarlo, utilizando objetos de la realidad para trasladarlos en sus sueños e incluso compartirlos con Creta mediante relaciones sexuales. Si cobran credibilidad sus poderes en la historia, es gracias al encuentro que tiene Okada con el teniente Mamiya, cuando él le platica el modo extraordinario como el señor Honda logra encontrarlo a él en un pozo en las estepas de Mongolia, en aquellos tiempos de guerra. Incluso le dice el teniente Mamiya en una carta: "La mayor parte de la gente ignora y evita las cosas que trascienden los límites de su entendimiento, tachándolas de irracionales e indignas de consideración".
Honda encuentra al teniente con sus poderes, así como Malta reconoció a Okada sin llevar la corbata de lunares (aunque puede ser también que ya le habría mostrado una fotografía de él Kumiko) (en todo caso esto no cambia la similitud). Otra coincidencia entre la historia de Honda y Okada es que el pozo de la casa abandonada no tiene agua, o mejor dicho, «el agua está donde no debería de estar» o «el agua no está en donde debería», como le pasó al señor Honda en Nomonhan que, sedientos, no tenían agua que tomar. Sin embargo, el agua estaba cerca, podían escuchar el rumor del río, pero era mejor «hacerse el muerto» antes de salir por ella. El gato de Kumiko, había hecho eso: «hacerse el muerto» ante la obstrucción de la corriente.
Hasta aquí, aparte del nombre que empieza con "O", Malta le anticipa otra cosa más: que «la media luna duraría varios días», es decir, su estancia en el pozo. Y así es como empieza a tener camino la segunda parte de esta historia. Ojo, en la primera se cuenta en retrospectiva todo un mes (de junio a julio) cuando todavía el ric-ric del pájaro que da cuerda al mundo se oía todos los días cerca del jardín de Okada. Comienza con la llamada de la mujer misteriosa y termina el día que se va Kumiko de casa. El narrador cuenta las crónicas de seis días de ese mes sin que se percatara de la transformación de Kumiko. Su voz es en presente recordando aquellos tiempos.
Crónicas del pájaro... El primer día, cuando la mujer misteriosa le llama dos veces y conoce a May Kasahara. Al final del día, Kumiko siente que el gato ha muerto. El segundo, cuando le llama y se encuentra con Malta Kanoo. Le platica a Kumiko que su impresión de ella es que no es aburrida, tal como el sr. Honda. Tercer día. Okada va a la tintorería a preguntar por su corbata de lunares. La obtiene. Vuelve a la casa abandonada y May le ensena el pozo. Cuarto. Vuelve a la tintorería, esta vez deja una falda y una blusa de Kumiko. Malta le pide que reciba a Creta en su casa, se lleva agua de la cocina y el baño. Quinto. En la mañana va a la piscina, regresa a casa y tiene un sueño con Creta. Despierta y Kumiko le avisa que va a llegar tarde. Lo busca May y lo lleva a su trabajo. Le pregunta a su tío por la familia Kasahara y se entera de una parte de la historia de la casa abandonada. Recibe una carta del teniente Mamiya informándole de la muerte de Honda. Kumiko llegó a las 10. Le comunica a Okada que su hermano Noboru va a ser candidato a elecciones. Sexto. Ve en la mañana por última vez a Kumiko. Al mismo tiempo le avisa por teléfono el teniente Mamiya que irá a verlo a las 10 am. Kumiko se va y descubre Okada que le regalaron un agua de colonia fino. A las 9:50 am recibe una llamada de la mujer misteriosa. A las 10 se ve con Mamiya. En la noche ya no regresó Kumiko.
Un punto de inflexión interesante es que el día que Okada va rumbo al pozo para instalarse ahí en su narración lo marca como el presente. Es decir, que sus experiencias narradas a partir de ahora no son acciones pasadas.