miércoles, 28 de mayo de 2014

Comer fuera

Una de las cosas que recuerdo más vívidamente del DF es la hora de comer. En aquel tiempo, hace más de diez años, mi hermano y yo nos fuimos a estudiar allá, pero yo no sabía cocinar ni un huevo. En honor a la verdad, mi mamá era quien hacía de comer y nunca tuve curiosidad por aprender, todo eso cambió hasta que nacieron mis hijos (otra historia). Incluso, no me recuerdo preguntando antes de esto qué ingredientes se usaban o en qué consistía el procedimiento. Ningún interés. Mi hermano al menos, como decía mi mamá, «se sabía procurar». Hiciera lo que hiciera, por sencillo que fuera, lo sabía preparar bien. Pero una vez, siendo mi turno, le hice un huevo revuelto y me lo regresó: "tiene que estar bien cocido, así no". Yo me lo podía comer semicrudo, claro; pero él jamás. Entonces lo regresé al sartén y asunto arreglado. En otros casos no era tan fácil. El tradicional «chile con huevo» que se hace en la Sierra Norte de Puebla, de donde es originaria mi mamá, requería que el huevo no estuviera ni un poco crudo (aunque hace poco me enteré que en Zacatlán debe de quedar así ligeramente). Me pareció que prepararlo era cosa sencilla y lo intenté como si fuera una experta. Al huevo le agregué la salsa verde y, al final, sin probarlo previamente, lo serví para los dos... Ni siquiera yo me lo pude comer. Sabía asqueroso. Después supe que el huevo debía estar bien cocido y lo lamenté porque tuve que tirarlo. Era incomible. Entendí que lo mejor era salir a comer cuando me tocara el turno de preparar algo. Sólo que había un detalle: No estábamos del todo acostumbrados a comer fuera. La razón era muy simple: mi mamá era -es y sigue siendo- de esas personas que prefiere comer en casa. En un nuevo lugar, por regla, acababa diciendo que la comida no estaba sabrosa, o se comía menos de lo servido porque, al no estar acostumbrada, su estómago era muy sensible y temía enfermarse. En otras palabras, sólo de vez en cuando frecuentábamos los restaurantes o taquerías validados por mi madre. Por eso se nos hizo raro al principio comer fuera casi del diario. Y vaya que en el DF «nos curtimos»: comíamos en un montón de puestos ambulantes o en cocinas económicas, principalmente. Por supuesto, a partir de entonces me tuve que desparasitar varias veces. Más temprano que tarde, nuestros horarios empezaron a cambiar y tuvimos que separarnos a la hora de la comida. Sin duda fue otra sensación muy extraña, eso de tener que comer sin la familia, sin compañía y fuera de casa no era lo más dichoso del mundo y, por si fuera poco, no pocas veces había que comer deprisa. Todo esto junto fue lo que fundamentalmente cambió mi modo de vida. En los comedores donde la mercancía era la comida no había nada de raro; parecía que la mayoría de los trabajadores y estudiantes hacían lo mismo que nosotros. En las cocinas económicas, por ejemplo, era común que uno o dos extraños se sentaran a comer contigo en la misma mesa porque nunca había suficientes para todos y además era impensable buscar otro lado donde comer, el tiempo era muy limitado. «Disculpe, ¿está ocupado?», preguntaban casi a modo de saludo. «No, adelante, puede sentarse» y se esbozaba una sonrisa mutua. Todos sin excepción solían ser muy corteses mientras nos pasábamos el salero o las salsas de un lado a otro, y cuando menos te dabas cuenta tú acababas siendo igual: «provecho», «igualmente», «gracias», «que le vaya bien». El mundo aquí era como me lo platicaron: "En el DF «los chilangos» son amables, cordiales y si pueden te darán la mano, sólo en provincia pierden la proporción y todo lo ven chico, sintiéndose grandes". Quizás tenían razón, pese a estar sola, el ambiente aquí era bastante cordial. De algún modo, yo me reunía con esa gente en esa especie de comedores comunitarios. Teníamos prisa, eso sí, pero, ¿quién diablos no tiene prisa en el DF? Había que acostumbrarse a la exactitud del tiempo como una condición intrínseca para todos. Había que comer con el reloj en la cabeza. Realmente en el DF el modo de vida de una gran parte de la población era (es) tan veloz que comer no podía ser la excepción. Todos teníamos un lugar a dónde volver y había que comer sin entretenerse en nada. No había que pensárselo demasiado: nuestras vidas no guardaban relación con aquellas familias, que por su lado, son cuidadosas en comer siempre en familia a una hora donde todos coinciden. Nadie come antes o después que los demás, nadie como solo o aislado. Mucho menos con extraños. Nosotros, en cambio, no teníamos nada que ver con las personas que comen con calma, sin prisas, donde el tiempo se subordina en función de esta premisa básica: el tiempo, señores, no es el emperador. Es una pena que, para quienes tienen esta oportunidad de convivir en comunidad, con extraños, amigos o familiares, que pierdan sin darse cuenta esta bonita costumbre por un pequeño intruso que han dejado entrar a sus casas y que ha ido tomando dimensiones más grandes (medido en pulgadas), ya sea el televisor, el ipad, el celular o cualquier otro gadget, que no sólo distrae, sino que también convierte el arte de comer bien a meros actos mecánicos sin relación con los suyos. No cabe duda que nuestro modo de comer, sea cual sea, es un modo de producir nuestras vidas. De crear nuestra calidad de vida y nuestra salud, ya sea para bien o para mal.

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