viernes, 27 de junio de 2014

El televisor de los pequeños dictadorcitos

Sorpresa me llevé aquella vez que andaba por el pasillo de un hotel en un centro vacacional. Aunque silenciosos, supe que había niños en varios de los cuartos porque podía escuchar los televisores encendidos en el mismo canal que estaba viendo mi hija minutos antes de que saliera. Era el mismo programa de caricaturas y todos los niños del hotel parecían, o estaban, sincronizados. Se me hizo fácil suponer, ya que mi experiencia era idéntica a la de los demás, que los pequeños dictadorcitos no permitían que sus papás, ni sus abuelos, ni nadie que midiera más de un metro, viera otro canal que no fuera el suyo.
Ocupados, silenciosos, entretenidos, eso era suficiente para que la tele no estuviera apagada o en otro canal preferido por los adultos.
La necesidad de desatender a mi hija cuando tenía que cocinar me fue llevando a mantenerla quieta viendo su programa favorito. Su mirada fija en el televisor me permitió además hacer otras cosas, algunas provechosas y otras netamente inútiles, que no obstante, se descompusieron cuando llegaba el momento en que teníamos que volver a nuestro contexto real apagando la tele. El problema era que se desgañitaba cada vez que eso pasaba. Al principio me pareció que era mejor dejarla encendida; a ella no, sino a su niñera audiovisual, para poder tranquilizarla, pero, como es obvio, esto no hizo más que potenciar lo que ya era preocupante.
Su papá comenzó a estar molesto conmigo por el tamaño del berrinche de nuestra hija, y parecía que yo tenía que encontrar una pronta solución. ¿Ya sabes qué vas a hacer?, me dijo serio una noche. No, no lo sé, pero en lo que descubro cómo, tendré que dejar que llore. Mi respuesta parecía ser la solución. Pero no fue así. Mi hija no podía admitir que estuviera muerta la pantalla estando ahí la tele, y si iba a dejar que llorara hasta que lo comprendiera, el desconsuelo no parecía tener fin. En ese entonces su papá murió y yo tomé una decisión drástica: guardé el aparato en la bodega y cancelé el servicio de televisión por cable.
El problema, increíblemente, se resolvió. Ella apenas había cumplido dos años, así que poco resintió la muerte de su padre y podría decirse que ni siquiera percibió la de su vicio televisivo. Sin embargo, algunas noches parecía incontenible, seguramente por la ausencia de su papá, pero ya no más por el televisor. Actualmente ella ve sus programas favoritos, incluso en una pantalla más grande, y la verdad es que ni siquiera me parece extraño que llore cuando le pido que apague la tele. Pero lo hace y comprende que si me desobedece tiene que ir a su cuarto a reflexionar. No vuelve tan pronto, pero ya tranquila, casi siempre opta por dibujar.

Publicado en: http://www.proyectodiez.mx/2014/06/27/el-televisor-de-los-pequenos-dictadorcitos-opinion-de-edna-rodriguez/42760

viernes, 20 de junio de 2014

"Puto" se internacionaliza de nuevo


Desde que vi un concierto de Molotov donde el público en Rusia coreaba "Puto", entendí que el argot mexicano ya estaba dando la vuelta al mundo. Ni puta idea tiene un niño (o un extranjero) de su significado polivalente, que es precisamente lo que lo hace sonar divertido, ofensivo, inofensivo, exagerado o denigrante, según el caso. Hasta en diminutivo cobra distintas connotaciones dependiendo de la intención y el contexto. Creer que puto se le dice únicamente a un homosexual con la intención de ofenderlo, denigrarlo y discriminarlo, no está del todo equivocado, pues en efecto el mexicano lo puede usar para eso. Pero también puede, por ejemplo, referirse a los cobardes, sean o no homosexuales. Su uso es mucho más basto. Incluso una amiga escribía en su facebook: "Hoy tuve un mal día. Putos todos". ¿Qué significado le darían? O en medio del tráfico, uno a uno, vas esquivando los carros y con tu voz interna les dices "¡quítense, putos!".
Por supuesto, hay que saber cuándo conservar los modales porque ciertamente es parte del lenguaje vulgar y soez. No le vas a decir en su cara "pinche puto" a tu jefe que te acaba de amenazar con correrte de tu puesto. Ni vas a decirle en el salón de clases a tu maestro que tu compañero es un puto por delator. Comúnmente lo usamos entre amigos, aunque también lo llegamos a usar para atacar a alguien que no nos cae bien. Y es curioso, pero lo mismo puede emplearse de una forma ofensiva o inofensiva. Me imagino una pelea de niños donde el más fuerte le grita al otro "eres un puto" (con negritas) y un público viendo la pelea corea repetidamente "puto, puto, puto". La ofensa es clara. En cambio, me imagino un loco en tribuna gritándole enojado al portero contrario ¡Puto!, y la gente de alrededor riendo por la forma como lo dijo. Después, poco a poco, más y más aficionados lo empiezan a gritar divertidos cada vez que el portero saca desde su portería y el grito inofensivo hace reír a todos. Se hace moda y luego se convierte en un coro permanente, que vulgar o no, se oye en todos los estadios, al grado de que hasta los porteros ya saben que fuera de casa es un modo de presión tan inofensivo que ya ni los desconcentra. Es una ola de eeeeh... puuuto (con cursivas), que sale con emoción del país para internacionalizarse, aunque no todos lo aprobemos, justifiquemos o entendamos.



www.proyectodiez.mx/2014/06/20/puto-se-internacionaliza-de-nuevo-opinion/42724



martes, 17 de junio de 2014

Las chicas guapas, las deudas y los calvos

Me gusta que las chicas se maquillen y se vean bonitas, que se vean naturales y sofisticadas a la vez, que no parezca que son otras, sino que son ellas con un toque de distinción. Yo no me arreglo demasiado, pero me gusta verlas. Me gusta cuando portan ropa común y se ven extraordinarias, será por su sonrisa, su seguridad en sí mismas o porque no están viendo quién las supera en apariencia. He visto chicas en las plazas que portan quizás hasta dos mil pesos de los pies a la cabeza, pero solo llevan eso, el signo de dinero; a veces me pregunto si podrían ser felices si prescindieran de esa ropa, si su verdadera seguridad está en sí mismas. Porque ahora pagas más por las cosas y compras tu ego.

Casi no veo los aparadores -me da por ignorarlos- y creo que es porque me choca ver mejor vestida a un maniquí que a mí, me resulta tan irracional. Es como ver un montón de ropa en los ganchos y saber que solo unos cuantos trapos se van a usar. Lo demás tendrá que esperar a que se liquide cuando ya no esté de moda ni sea la temporada para usarse. Mucha ropa se desperdiciará y no habrá razón para donarla porque al fin y al cabo es mercancía. Me siento absurda en Plaza Galerías, porque si no vas a ver cosas entonces qué diablos ves. Sí, claro, la gente. Pero no tengo intención de echar una mirada sociológica. Es más sencillo, no tengo dinero para todo, y si no pienso gastarlo en ropa, zapatos y accesorios, no miro... soy absurda. Yo soy la que está fuera de lugar, y sin embargo, no me gusta ver que mi sobrina apenas ve tiendas, no se puede controlar: tiene que comprar algo. Le llaman consumismo, pero no solo es eso.

Si veo todo lo que hay, y me dijeran que por esta vez me puedo llevar lo que me guste, tomaría esto y aquello, pero por cuánto tiempo podría sostener estos gustos tan finos. Un estatus artificial no es tan fácil de sostener y las deudas de mucha gente se acumulan por esto. Alguna vez me sorprendió cuando subí a la planta alta de una tienda departamental a buscar una prenda y ahí estaban todos los clientes haciendo fila para pagar sus adeudos. El verdadero giro de esa tienda era el de un banco. No podían salir de la fila interminable, porque al día siguiente los intereses serían más altos. Y tampoco parece que la gente pueda, de buenas a primeras, dejar de parecer lo que no tiene. Es como comprar pelucas: no puedes mostrarles a todos que en realidad eres calvo y que lo que tenías ayer no era tu cabello natural. Al menos que te deje de importar y que lo importante lo encuentres en otro lugar (dentro de ti).

domingo, 15 de junio de 2014

El fut, el deporte y los niños de hoy

Cuando tenía ocho años empecé a jugar fútbol con otros niños más o menos de mi edad que sabían hacerlo mejor que yo, era divertido aunque solo por casualidad me llegara la pelota y me costara mandar un pase a mi equipo o meter un gol; si alguna vez lo hice no logro recordarlo.
Por lo regular, era yo la única niña en el partido y los chicos no parecían molestarse de que jugara, salvo los que se lo tomaban muy en serio y se enojaban de que desperdiciara los pases, pero eso era más bien raro porque no pasaba de risas, de que siguiéramos sin reproches o de que nadie me pasara el balón salvo por accidente. Jugar fut, como sea, era mucho mejor que echar porras. Con los años las cosas no cambiaron tanto, pues nunca destaqué en el deporte.
Probé el volibol, el beisbol, el fútbol americano, el frontón, el basquetbol, hasta el ajedrez, todo me gustaba un tiempo pero uno por uno los fui dejando porque no era para ellos ni ellos para mí. Quizás el básquet fue lo que más me gustó, pero no el juego en sí, sino anotar canastas de tres puntos. Era buena encestando, solo que en lo demás era bastante débil, no podía esquivar, ni robar el balón. A lo mejor por eso se me ha quedado a la fecha tirar basura o pañales desechables desde lejos.
En aquellos tiempos, las modas que se presentaban en la tv llegaban a los condominios donde viví: si estaba el Mundial, jugábamos todas las tardes fútbol; si estaba de moda el yoyo, el yoyo; luego fue el trompo, la bici… Los patines ni la patineta pegaron porque la mayoría de nosotros no tenía.
Cuando eran las Olimpiadas me acuerdo que los vecinos nos inventábamos las nuestras; cada quien escogía un país y lo representaba en salto de longitud, ciclismo, atletismo, lanzamiento (de piedra, claro) y cosas así. Teníamos el detalle de obsequiar monedas de chocolate que representaban las medallas del primero, segundo y tercer lugar.
Mucho significó para mí aprender a andar en bicicleta. Tuve una que me duró toda la infancia y parte de mi adolescencia, era una Bimex gris con tonos plateados y rosas muy bonita. Muchas veces me caí intentando dar saltos, soltando el volante, bajando las banquetas, o compitiendo al rebasar la velocidad que realmente podía controlar. No, no fui ciclista, pero si había algo comparable a columpiarme, era dar vueltas sola en mi bici. Son las mejores sensaciones que recuerdo cuando niña. En el fondo de mi corazón, deseo que cuando mis hijos crezcan haya niños con quién jugar, en lugares seguros, y que no tengan que quedarse en casa viendo tv o jugando videojuegos. Que se diviertan y sean niños saludables, eso quiero para ellos, para la niñez de hoy.


http://www.proyectodiez.mx/2014/06/15/el-fut-el-deporte-y-los-ninos-de-hoy-opinion/42631

lunes, 9 de junio de 2014

Un acercamiento (¿ficticio?) al suicidio



Tan solo imaginen que cada 15 minutos ocurre un suicidio durante todo un año. Eso fue exactamente lo que pasó en Japón en 2009 tras una década consecutiva de más de 30 mil muertes al año por esa causa. No es ninguna casualidad que Haruki Murakami y Kasuo Ishiguro, en sus obras literarias, reflejen este fenómeno. A pesar de que el suicidio concierne al individuo, cualesquiera que sean sus causas, en estas dimensiones ha sido considerado hace poco por el gobierno nipón como un problema social. Y es que de alguna forma debe haber «algo» en el exterior que influye y condiciona a cada una de sus víctimas.

En Necaxa, por ejemplo, donde se localiza la hidroeléctrica más importante del estado de Puebla, este año fue muy sonado el caso entre sus habitantes de un joven que se suicidó, especialmente porque no se tenía registro en la memoria colectiva de un hecho como éste, lo que cimbró sin duda a todo el pueblo. A pesar de los rumores, nadie podrá saber con exactitud qué fue lo que determinó al muchacho a quitarse la vida, pero lo cierto es que este pueblo desde hace muchas décadas llevaba una vida estable en buena razón porque la mayoría de las familias se sostenía gracias a su trabajo en la compañía de Luz y Fuerza, lo que feneció de un día para otro con su liquidación por un decreto del sexenio presidencial pasado. Por supuesto, no quiero decir con esto que una situación económica desesperada los orille a todos al suicidio (evidentemente no es así), pero de que la incertidumbre trastorna su modo de vida e influye -sabrá cómo- en algunas personas, eso me parece que sí.

En la literatura japonesa, volviendo al tema, se reconoce el suicidio como un acto recurrente, que no es ajeno para sus habitantes, y por lo tanto está arraigado en su cultura, antes bien, puede considerarse como un acto honorable, respetable o comprensible cuando el individuo prefiere matarse antes que convertirse en una carga para la familia y la sociedad. Sin embargo, el valor moral de la ficción en la novela de Kazuo Ishiguro, “Un artista del mundo flotante” (1986), lo que trata de señalar es a una sociedad que devastada por la guerra, reniega su pasado, culpando a sus mayores de todos los males que le aquejan. Por eso se trata de un mundo flotante, porque cuenta la historia de una generación de artistas que sobrevive a la bomba atómica, pero no al aislamiento con que la trata la nueva sociedad. A consideración de ésta, aquella generación no debería seguir existiendo, pero existe, y como pasado, pretende olvidarla aunque no lo consigue, por lo cual la señala intencionalmente como un desperdicio, un pasado que apesta, presionándola a desaparecer. Para la mayoría de los que pertenecen a esta generación caduca, el suicidio se convierte en una salida necesaria, se trata pues de una cuestión de honor y de principios. Pero para el protagonista de esta novela las cosas no tienen que ser así, para él es una lucha donde el valor primordial e impostergable es la vida misma. Por eso su principal lucha es con el lector actual, con quien tiene que defender su postura -que también es válida- al decidir enfrentar la vida con dignidad y principios.

Por su parte, en la obra de Murakami, “Crónicas del pájaro que da cuerda al mundo” (1997), el suicidio es cercano a todos los personajes, ya sea porque conocieron a personas que lo intentaron o consumaron el acto. La casa deshabitada donde ocurren los hechos fundamentales, nadie, ni regalada, aceptaría habitarla al conocer su historia. Y es por su historia que se le llama “la mansión de la horca”, pues todos los que han vivido en ella acaban ahorcándose o matándose allí por diferentes causas. Para el lector japonés, y para el lector en general, es desconcertante entonces que el protagonista quiera adueñarse de esa casa. Una forma sutil que pone de manifiesto que a pesar de lo respetable que es el suicidio para los japoneses, al mismo tiempo desean alejarse lo más que se pueda de la posibilidad de una muerte atroz, en especial, si tienen que recurrir a ella por su propia cuenta.

Primero, quien habita esa casa es un ex coronel que sabe será juzgado por sus crímenes de guerra, a pesar de que en su momento fue vanagloriado por sus conquistas militares. Ante tal humillación de cara a la sociedad, prefiere el suicidio sin titubearlo, y su esposa, por su parte, lo sigue ahorcándose en la cocina. Tiempo después, se muda a ese lugar una actriz que al quedar discapacitada y defraudada por su sirvienta, ciega y sin dinero, decide ahogarse en la bañera. Y más tarde, la familia Miyawaki, a pesar de sus esfuerzos de rendirle un ritual religioso al lugar para desprenderse así de posibles desavenencias, no logran recuperarse de una mala administración en sus negocios, por lo que también caen en la quiebra, pierden la casa y deciden matarse. En los tres casos, todo parece ir muy bien con sus vidas pero cuando todo deja de fluir como antes, su mundo se descompone y ya no vuelve a funcionar igual. La casa se vuelve maldita, por lo que se me ocurre pensar que la superstición también está subrepticiamente arraigada en su cultura, con el propósito de ahuyentar la mala suerte, ya que, sin exagerar, ésta puede significarles su muerte.

Sin embargo, más que llamarle mala suerte, diría que expresa el desamparo en que queda el individuo cuando no tiene garantías de una vida estable en el futuro, lo que puede ser todavía peor, incluso fatal, en una sociedad tan jerarquizada como nos la presenta Murakami a través de la ideología de algunos de sus personajes. Un caso representativo es el del padre del antagonista; a él no le caben dudas acerca de que no tiene ningún sentido vivir si no se está, o por lo menos si no se aspira a estar, en la élite. Por consiguiente, si son tan marcadas las diferencias económicas y sociales en dicha sociedad, caer en desgracia, los degrada en la escala social, lo que, como sabemos, no es tan sencillo de sobrellevar. El aislamiento, después de todo, nos deprime y baja nuestras defensas… Es el caso de la actriz que queda discapacitada para el trabajo, perdiendo así la fuente de su estabilidad económica. Ella sabe que ha quedado fuera de la competencia y se convence de que lo mejor es morir. Esto es un indicio de que la vida para muchos nipones, aunque aparentemente normal, está al filo de convertirse en un desperdicio, como cualquier cosa que se desecha porque ya no sirve, pues una vez que quedan inutilizados para el trabajo, asumen que pasa igual con su vida.

La ficción una vez más es un pequeño acercamiento al mundo en que vivimos cuando todavía tiene algún sentido.
Publicado en: http://www.sputnikdos.com/2014/06/literatura-un-acercamiento-ficticio-al.html