martes, 17 de junio de 2014

Las chicas guapas, las deudas y los calvos

Me gusta que las chicas se maquillen y se vean bonitas, que se vean naturales y sofisticadas a la vez, que no parezca que son otras, sino que son ellas con un toque de distinción. Yo no me arreglo demasiado, pero me gusta verlas. Me gusta cuando portan ropa común y se ven extraordinarias, será por su sonrisa, su seguridad en sí mismas o porque no están viendo quién las supera en apariencia. He visto chicas en las plazas que portan quizás hasta dos mil pesos de los pies a la cabeza, pero solo llevan eso, el signo de dinero; a veces me pregunto si podrían ser felices si prescindieran de esa ropa, si su verdadera seguridad está en sí mismas. Porque ahora pagas más por las cosas y compras tu ego.

Casi no veo los aparadores -me da por ignorarlos- y creo que es porque me choca ver mejor vestida a un maniquí que a mí, me resulta tan irracional. Es como ver un montón de ropa en los ganchos y saber que solo unos cuantos trapos se van a usar. Lo demás tendrá que esperar a que se liquide cuando ya no esté de moda ni sea la temporada para usarse. Mucha ropa se desperdiciará y no habrá razón para donarla porque al fin y al cabo es mercancía. Me siento absurda en Plaza Galerías, porque si no vas a ver cosas entonces qué diablos ves. Sí, claro, la gente. Pero no tengo intención de echar una mirada sociológica. Es más sencillo, no tengo dinero para todo, y si no pienso gastarlo en ropa, zapatos y accesorios, no miro... soy absurda. Yo soy la que está fuera de lugar, y sin embargo, no me gusta ver que mi sobrina apenas ve tiendas, no se puede controlar: tiene que comprar algo. Le llaman consumismo, pero no solo es eso.

Si veo todo lo que hay, y me dijeran que por esta vez me puedo llevar lo que me guste, tomaría esto y aquello, pero por cuánto tiempo podría sostener estos gustos tan finos. Un estatus artificial no es tan fácil de sostener y las deudas de mucha gente se acumulan por esto. Alguna vez me sorprendió cuando subí a la planta alta de una tienda departamental a buscar una prenda y ahí estaban todos los clientes haciendo fila para pagar sus adeudos. El verdadero giro de esa tienda era el de un banco. No podían salir de la fila interminable, porque al día siguiente los intereses serían más altos. Y tampoco parece que la gente pueda, de buenas a primeras, dejar de parecer lo que no tiene. Es como comprar pelucas: no puedes mostrarles a todos que en realidad eres calvo y que lo que tenías ayer no era tu cabello natural. Al menos que te deje de importar y que lo importante lo encuentres en otro lugar (dentro de ti).

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