Por Edna Rodríguez
Quizás no se han fijado que en su refrigerador hay «algo» que lleva días guardado, que a lo mejor se habrá echado a perder o que ya no sabe tan bien. Sin embargo, aunque esté ahí «en primer plano», quitando espacio y visibilidad, de algún modo, quién-sabe-cómo, la mente se ha encargado de ignorarlo. Sucede de diferentes modos, es solo que hasta que le ponemos atención, nos damos cuenta que ha estado ahí, silencioso. Casi invisible.
En una ocasión, por cierto, vi algo terrible. Solo quiero que se imaginen una calle donde pasa mucha gente por las aceras, entre los negocios informales, y donde circulan un montón de camiones públicos que hacen paradas a cada metro. Era la 9 norte, esquina con la 6 pte, en la ciudad de Puebla, por si la pueden ubicar. Eso ya tiene sus años. El tráfico a ciertas horas llega a ser intenso -imagínenselo-, y por eso los camiones van a un paso desesperadamente lento, mientras abajo, los peatones son mucho más rápidos. Ellos no miran demasiado a los demás, pero arriba, sentados en el autobús, vemos todo lo que podemos ver, aburridos tal vez. Nadie parecía poner atención: Los que pasaban por ahí no hacían en absoluto ningún gesto, y con la mente -quién sabe cómo- lograban esquivar e ignorar lo más degradante que nunca antes había visto por ahí…
Una señora muy delgada, de aspecto, yo diría, «jodidísimo», estaba comiendo en la banqueta, estorbando el paso; eso era evidente porque la gente tenía que rodearla para seguir su camino; no obstante, ella, hambrienta, no se encontraba ni parada, ni sentada, sino en una especie de «posición de loto» con la espalda recargada en la pared -¡imaginen eso por favor!-, engullendo, o más bien dicho, tragando unos huesos de pollo que seguramente alguien había tirado a la basura y que la doña rescató. Por sus movimientos orgánicos, más que un bulto, se asemejaba a un perro. Pero eso era un hecho que solo un niño podía ver, porque solo a los pequeños les parece extraño que pueda haber indigentes por cualquier lado. No les indigna, pero al menos les asombra.
Ver a toda esa gente pasando, sin ni siquiera entretenerse un poco a pensar lo que habían esquivado, que para ellos no merecía un solo movimiento diferente en su modo de andar, sin prestar consideración alguna a la persona que estaba ahí (¿habrán pensado que se trataba de una «persona»?)… No lo sé, me deja pensando todavía. Aún ahora. Lo recuerdo y me parece que lo vuelvo a ver como si pudiera repetirlo una y otra vez. A distancia las cosas se ven más claras.
Escribirlas incluso es ya de por sí una mirada a distancia… Me pregunto si estando abajo me hubiera comportado igual que los demás; tal vez, a diferencia de los que vi, me hubiera perturbado de todos modos. Como sea, no sé quiénes somos, pero la ciudad, la que sea, -cuando somos tan numerosos, ajenos unos a otros- parece convertirse en un refrigerador como el mío.
Publicado en http://www.proyectodiez.mx/2014/05/28/que-pasa-en-las-banquetas-entre-la-indignacion-y-asombro-opinion/42397
No hay comentarios:
Publicar un comentario